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viernes, 14 de marzo de 2008

El ocaso del islam español

El Mancebo de Arévalo es el escritor más famoso y más particular de todos los que aparecen en la literatura aljamiada de los moriscos de Aragón. Este escritor castellano, cuyo nombre ignoramos, cuenta, en la primera mitad del siglo XVI, cosas que nadie más cuenta, y visita personas y lugares que desconocíamos que pudieran existir en la España de esa época. Autor de tres voluminosos tratados de espiritualidad islámica, el Mancebo de Arévalo encuentra lugar para narrarnos partes de su vida, en especial sus viajes por la Península buscando los restos del naufragio del islam en la forma de maestros que le iluminen. Es profundamente original hablando, con lenguaje nuevo e intransferible, de ciertos aspectos de la espiritualidad islámica y sorprendentemente moderno al describirnos su visión de la actitud que se ha de tener ante la religión. Su fama entre los moriscos aragoneses le sobrevivió y su nombre era aún recordado como el de un gran sabio en el gozne con el nuevo siglo XVII.

El fragmento que incluimos es uno de los más impresionantes de la obra del Mancebo de Arévalo. Extraído de la Tafsira, una de sus grandes obras, cuyo manuscrito se encuentra en el C.S.I.C. y que ha sido transcrito por María Teresa Narváez (Madrid, Trotta, 2003), nos narra una reunión de notables moriscos aragoneses en los inicios de su conversión forzosa (después de 1525). La discusión que se plantea entre ellos es la de la propia supervivencia del islam en las nuevas y dramáticas condiciones: unos opinan que los apuros que pasan van en su propio mérito; otros, sin embargo, piensan que sin cumplir con la oración no se puede ser buen creyente; alguno hará algún comentario más rotundo. Todos, sin embargo, participan de una común pesadumbre:


“Era un día de los siete del año, veinticinqueno de Du-l-Qiyâda. Fueron ajuntados en Zaragoza una compaña de honrados muslimes, adonde se hallaron más de veinte muslimes, y entre ellos siete 'alimes doctos y fasalados (virtuosos?); y después del azzuhar (oración del mediodía) comenzaron a tratar de nuestros duelos, y cada uno dijo su arenga. Y entre muchas cosas no faltó quien dijo cómo era grande nuestra pérdida y de cuán poca esencia era nuestra obra. Y dijo otro 'alim que los trabajos que teníamos y los que de cada día se nos aparejaban, que todo sería para más meritanza; y repugnaron su dicho, diciendo que los trabajos no cumplían para ningún menoscabo de la obra preceptada, y que faltando la medula principal, que es el llamamiento para el asala (oración), que la obra no podía ser grata, y que los trabajos desta addunia (mundo) no pueden dejar de ser descanso para la otra vida, pero que sin obras no habría cambianza de excelencia. Y de aquí somovieron muchos contrechos, anteponiendo pecados y otros directos de los pasados y presentes; y entre todos estos disgustos dijo otro 'alim una razón harto cruda y empinada: a par de todos dijo que cada uno pusiese haldas en cinta, y que aquéllos que quisiesen salvación, que la fuesen a buscar. A todos pareció mal su dicho, porque causó grande fiesa y no dio ejemplo de muslim. Allí se dijeron diferentes enantos y como cada uno de aquellos sentía el daño general como el propio suyo no lo tuve por mucho que cada uno dijese si parecer, porque no estábamos de gozo para decir donaires y cosas desaguisadas. Al fin, no cartearon ningún juicio, aunque se dijo mucho traspiés a nuestra merecida, porque dijeron que la obra sin al-imam y sin llamador que era como la lluvia de las otoñadas, que las recibe la tierra con poco fruto, y asimismo es el asala que se hace fuera de su hora. Plegue a su divina bondad darnos parsida (perdón) contra tan fieros pertrechos, que aún no llegábamos a los ocho años de nuestra conversión cuando ya se alcanzaban los destinos unos a otros. Allí hicimos al-'asar (oración de la tarde) con ayuntamiento y fue adelantado Don Manrique de Segovia, que a la sazón estaba en Zaragoza con ciertas mercancías (...), y yo dije el aljutba (discurso, sermón) como criado y menor de todos. Y como ya se acercaba mi romeaje, que no faltaba sino llegar la compañía, que ya estaban a punto en Ávila la Real, y como el señor Don Manrique entendió la cuita de mi viaje reparó parte de mi necesidad y diome diez doblas moriscas, y los demás 'alimes que allí se hallaron contribuyeron todos en mi favor. Allah les dé tal merecida como yo les hafsiré (mantendré) si Allah me hace gracia de llegar a Meca, ensálcela Allah. Aquí me rogaron estos honrados 'alimes, viendo la demencia sobredicha de nuestro addin (religión) que, en el intre de mi partida yo me ocupase en renumerar alguna parte sustancial de salhes (comentarios) de nuestro honrado Alcorán, lo más breve y compendiosamente posible. Yo acepté este pequeño trabajo de esta tafsira (comentario religioso) por sumelar a la obligación musliminada y por el ruego de estos honrados 'alimes. Plegue a su inmensa bondad caiga en aplazo y parabién de todos hasta que la plegue otra tafsira más granada con libertad de esta tierra.”
Mancebo de Arévalo, Tafsira, ms. J LXII del C.S.I.C. 1v - 3v

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