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miércoles, 6 de mayo de 2009

Taxi (reseña)



La novela que os presentamos es de un escritor egipcio, Khaled al Khamissi. Con el nombre del autor he de hacer un inciso: sería mejor que transcribieran su nombre como Jaled al Jamissi, ya que el sonido jota existe en castellano también, como en árabe, y Kh es la transcripción inglesa y francesa de la jota. Esta asimilación de arabismos o nombres propios árabes en castellano a través del francés o el inglés es un fenómeno que no es de ahora. Por eso no decimos "jalifa" como los árabes, sino “califa”. Creo que en la actualidad deberíamos tender a transcribir al castellano, sin otros idiomas intermedios, porque sino Jaled pasa a ser pronunciado Caled, lo que resulta bastante absurdo. No obstante está claro el motivo por el que se hace. Es más fácil a la hora de encontrarlo en bases de datos, librerías o bibliotecas.

Jaled al Jamissi es un cairota licenciado en ciencias políticas por la Universidad de El Cairo y doctorado en la Sorbona. También es productor, director de cine y prestigioso periodista. Taxi es su primer libro, que ha tenido mucho éxito.
Lo cierto es que es un libro muy ameno que se lee rápidamente, casi sin darte cuenta. Tiene una estructura muy típicamente árabe. Se trata de relatos muy breves con un mismo esquema: el autor-relator se sube en un taxi y el taxista le comenta algo sobre la situación política, económica o social de Egipto. Aparecen todo tipo de temas de actualidad, de la actualidad egipcia, lógicamente, pero, al mismo tiempo, los taxistas de este libro plantean temas y problemas que no dejan de ser, en su mayoría, universales.



Es un libro de protagonista múltiple, los taxistas de un populosa ciudad con un tráfico endemoniado, que pasan la mayor parte de su tiempo sentados, sometidos a una
dura tensión, con unas condiciones de trabajo inhumanas, en muchos casos y que, al mismo tiempo, apenas tienen dinero para malvivir.



“La jungla del asfalto” cairota se deja ver en distintos momentos del libro:

“La calle Giza estaba tan atascada que parecía que era el Día del Juicio Final. El taxi no se movía y la contaminación mezclada con el aburrimiento hacía del tiempo una asfixia perenne. A la derecha, la facultad de Veterinaria, a la izquierda el
Parque Zoológico, y por delante y por detrás un sinfín de coches. Estimé que tardaría dos siglos en llegar a la Ciudad del Cine, que está en la calle de Al Haram.”, p. 83.

“… al acercarnos al Recinto Ferial, la carretera estaba totalmente bloqueada… Permanecimos sentados en el coche, que por arte de magia se había transformado en una simple roca en el medio del camino que ni el mismísimo Hércules habría podido apartar. Llevábamos esperando cerca de una hora cuando decidí pagarle al taxista la carrera y bajarme para continuar a pie… nada más apearme, se me acercó un policía y me prohibió bajar.
- ¿Y esto?- le pedí explicaciones.
- Está prohibido, señor. Tiene que permanecer en el coche.
- ¿Pero cómo? Esto es una calle y quiero andar por ella.
- Que está prohibido, señor. Suba al coche.
Humillado, subí al coche y el taxista se rió de mí.
- ¿Pero es que quería dejarme solo en este embrollo? –bromeó.”, p. 129-130.



Las críticas también son múltiples. Veamos unas pinceladas:

“Aquí en El Cairo, el Gobierno cambia el nombre de las calles sin que la gente se dé cuenta. Ya puede pasar un año, diez o cincuenta que la gente lo sigue llamando igual. Ésta es Antisana, y ésta Champollion. Todos esos nombres han cambiado, pero el Gobierno va a su aire y nosotros al nuestro.” p. 65.



Ante la entrada inminente de nuevos taxis “Los conductores de los antiguos taxis negros y blancos, “los patitos feos”, se preguntan quién cogerá esos taxis y si acaso les afectará este proyecto; mientras tanto, continúan recopilando todos los detalles posibles sobre las tarifas y los preparativos de los nuevos taxis amarillos, “los cisnes”. …”Dicen que van a sacar al principio ciento cincuenta coches, pero que aumentarán el número hasta mil quinientos. Si en El Cairo, que es la capital, tenemos ochenta mil taxis, esos ni se van a ver. Va a ser como echar un grano de azúcar en el Nilo. Esta historia me recuerda al chiste sobre el presidente libanés que va de visita a China y le pregunta el presidente chino: “¿Por qué no has traído contigo al pueblo libanés?”. “Es que ni se les vería”, - contestó el de Líbano.”, p. 106.

El narrador le pregunta a un taxista por qué quiere que suban al poder los Hermanos Musulmanes:

“Pues porque ya hemos probado de todo. Hemos probado con la monarquía y no ha dado resultado. Hemos probado el socialismo con Abdel Naser, pero incluso en su punto más álgido todavía estaban los pachás del ejército y de los servicios secretos. Luego probamos el centro y después el capitalismo, pero con los productos subvencionados, un sector público, dictadura, ley de emergencia, y acabamos por convertirnos en norteamericanos; poco a poco nos convertiremos en israelíes y tampoco funcionará. ¿Por qué no probamos con los Hermanos? ¿Quién sabe? Puede que funcione.”, p. 89.


Es un libro que da la palabra a los desheredados, a los que se sienten olvidados
(“el gobierno no piensa más que en los turistas y en los ricos…”, p. 106) y que en las páginas de Taxi toman la palabra para expresar el sentir de la calle.




Taxi, Khaled al Khamissi, Almuzara, 2009, trad. de Alberto Canto García y Khaled Musa Sánchez, 215 pp.

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