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martes, 19 de mayo de 2009

El jardín maravilloso. Nuevo cuento kazajo. Continuación.



Atravesaron las estepas durante muchos días y por fin llegaron a la kibitka del sabio. La vieja y cochambrosa kibitka se encontraba aislada entre las estepas. Los viajeros entraron e inclinándose, se presentaron ante el sabio.
El sabio se sentó. A cada lado, lo hicieron dos de sus discípulos.



- ¿Qué asunto les ha traído hasta mí, noble gente? – preguntó el sabio a los recién llegados.
Y éstos le contaron el tema de su discusión. Escuchándolos, el sabio se quedó sentado y callado durante bastante tiempo, y a continuación, se dirigió al discípulo mayor y le preguntó:
- Dime, ¿Cómo resolverías tú en mi lugar el dilema de estas personas?
El discípulo más mayor contestó:
- Yo les haría llevar el oro al Jan, pues él es el señor de todos los tesoros de la tierra.
El sabio frunció el ceño y le preguntó al segundo discípulo:
- Bueno, ¿y tú? ¿qué solución tomarías en mi lugar?
El segundo discípulo respondió:
- Yo me quedaría el oro, ya que esta gente reniega de él, y por derecho se lo queda el juez.
El sabio frunció todavía más el ceño, pero de todas maneras logró tranquilizarse e hizo la misma pregunta al tercer discípulo:
- Muéstranos la conducta que adoptarías ante esta dificultad.
El tercer discípulo contestó:
- Como este oro no pertenece a nadie y todos reniegan de él, yo lo volvería a enterrar en la tierra.
El rostro del sabio se tornó sombrío del todo y preguntó al cuarto, que era el discípulo más joven:
- ¿Y tú que dices, hijito?
- ¡Oh, mi maestro! – contestó el más pequeño de los discípulos. – Disculpa mi ingenuidad, pero ésta sería mi decisión: yo cultivaría con este tesoro un jardín grande y frondoso en la estepa yerma, para que en él pudiesen descansar y deleitarse todos los pobres cansados.

Tras escuchar estas palabras, el sabio se levantó de su sitio y con lágrimas en los ojos abrazó al muchacho.
- En verdad tiene razón, - dijo, - el que afirma:
“Considera mayor que tú al joven que es sabio”. Tu juicio es justo, hijito mío. Coge este tesoro, dirígete a la capital del Jan, compra las mejores semillas, regresa y construye el jardín sobre el que has hablado. Y que eternamente viva entre los pobres tu memoria y el recuerdo de estas gentes que han traído el oro.
El muchacho puso el oro en un saco, lo cargó en su hombro y se puso en camino.
Viajó a través de las estepas durante mucho tiempo y final y afortunadamente, alcanzó la capital del Jan. Una vez llegado a la ciudad, se dirigió rápidamente al bazar y comenzó a deambular entre la ruidosa muchedumbre, buscando a comerciantes que vendiesen semillas de árboles frutales.
Buscó durante mucho tiempo, y entre tanto, examinaba atentamente los puestos de telas brillantes y productos de todas clases. De repente, a su espalda se escuchó el sonido de los cascabeles de una caravana y unos gritos estridentes. El muchacho se volvió y vio que a través de la plaza del bazar cruzaba una caravana sin final que transportaba una carga sorprendente, pues en lugar de bultos y sacos llenos de mercancías, sobre los camellos había pájaros vivos, miles de aves que sólo nidifican en las montañas, en los bosques, en las estepas y en el desierto. Las aves estaban atadas por las garras, y sus alas, desgastadas y arrugadas, parecían andrajos, al mismo tiempo que nubes de plumas multicolores sobrevolaban la caravana. Con cada movimiento de la caravana, los pájaros hendían sus cabezas sobre el costado de los camellos, y de sus afilados picos se arrancaban quejicosos gritos. El corazón del muchacho se llenó de compasión ante semejante espectáculo, lo que le empujó a atravesar los grupos de curiosos y dirijirse hasta los caravaneros. Respetuosamente, se inclinó y preguntó:
- Señor, ¿Quién ha condenado a estos maravillosos pájaros a semejante y espantoso suplicio, y hacia dónde los llevan?
El caravanero contestó:
- Los transportamos al palacio del Jan. Estas aves están predestinadas a servir como alimento al Jan, que nos ha pagado por ellas quinientos chervónetz (diez rublos de oro).
- ¿Dejarías estos pájaros en libertad si te doy el doble de esa suma en oro?, - preguntó el muchacho.
El caravanero observó al joven burlonamente y siguió su camino.



Entonces, el muchacho bajó de su hombro el saco de piel y lo abrió ante el caravanero.Éste se detuvo sin creer lo que veían sus ojos, y al tomar conciencia de la riqueza que se le ofrecía, ordenó al instante al resto de sus hombres que desataran a los pájaros.
Tan pronto como las aves se sintieron libres, volaron juntas hacia el cielo. Eran tantas, que el día se transformó en noche, y de los aletazos de sus alas, se produjo un huracán sobre la tierra.



El muchacho siguió durante mucho tiempo el vuelo de las aves que se alejaban, y cuando éstas desaparecieron del alcance de su vista, recogió el saco vacío del suelo y se puso camino de vuelta. Su corazón se regocijaba, sus piernas andaban ligeras, de sus labios emanaba una alegre canción.
Pero cuanto más cerca estaba de su destino, más se apoderaba de él un pensamiento amargo y un sentimiento de arrepentimiento le oprimía el pecho.
- ¿Quién me ha dado a mí el derecho de disponer por mi propia cuenta de la riqueza ajena? ¿Acaso no fui yo el que se ofreció a construir un jardín para los pobres? ¿Qué le digo yo ahora a mi maestro y a esta sencilla gente que esperan mi regreso con las semillas?
Así se lamentaba el muchacho. Poco a poco, la desesperación se apoderó de él, y tirándose al suelo, comenzó a llorar pidiendo que la muerte se lo llevara. Al final, su aflición era tan grande, que se quedó durmiendo profundamente.



Imágenes: 1)Paisaje kazajo, 2) Kibitka o yurta, casa desmontable de las estepas asiáticas, 3) Jardín oriental de Jutta Votteler, 4,5,6,7)Aves de Kazajstán.

Cuento popular kazajo. Traducción del ruso de Ana Marco. Extraído de Б.М.Сидельникова, Казахские народные сказки // Қазақ Халық Ертегілері, Үш томдық, Жазушы Баспасы, Алматы 1971 (B. M. Sidelnikova, Cuentos nacionales kazajos, Tomo III, Ed.Ŷazuzi, Almaty, 1971).

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