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lunes, 13 de septiembre de 2010

Argelia en los mundiales (fútbol e identidad)

Autor: Javier Galván, director del Instituto Cervantes de Orán (Argelia)




Argelia ha participado por tercera vez en la fase final de un campeonato mundial de fútbol. La primera fue en el Mundial de España 1982, donde se produjo una victoria mítica contra la potentísima Alemania, en la ciudad de Gijón, ciudad que ocupa en la memoria colectiva argelina un lugar equiparable -metafóricamente hablando- al de Trafalgar para los ingleses o Bailén para los españoles. Las victorias deportivas juegan en el sentimiento de orgullo nacional contemporáneo un papel similar al que jugaban las victorias militares en el pasado.

Desgraciadamente aquella victoria no les sirvió a los argelinos ni siquiera para pasar de la primera fase, ya que alemanes y austriacos, en el último encuentro del grupo, alcanzaron un resultado beneficioso para ambos (?) que dejó fuera a Argelia. Incluso aquella victoria va ligada en la memoria a la frustración de la eliminación, y a la presunción, difícil de diluir, de ser víctima de un destino (mehtoub) injusto: fatalismo.

La clasificación para la fase final del mundial en Sudáfrica, por el impacto que provocó en la sociedad argelina, es ya uno de los episodios más interesantes de analizar en la historia contemporánea de este país[1].

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Los mundiales de fútbol están a punto de comenzar. En las calles se han instalado algunos puestos con camisetas, gorras, y demás parafernalia al uso, con los colores del equipo nacional argelino. De algunos coches salen las notas del ”Allez, allez, viva l’Algérie” [Alé, alé, viva l’alyiré ] que en el mes de noviembre se convirtió en un nuevo himno nacional. En algunas calles se han instalado banderas gigantes como los toldos urbanos que cubren en verano las calles de Andalucía, las mismas que cambiaron el paisaje urbano en noviembre pasado, pero con mucha menor profusión.



La Sonatrach –la empresa nacional que gestiona los inmensos recursos naturales energéticos- ha instalado pantallas en todas sus oficinas para que sus trabajadores puedan seguir los partidos de su equipo nacional, evitando así esos días un muy probable alto absentismo laboral. Ciertamente todo el mundo está pendiente de los Mundiales, pero eso no tiene el reflejo en la calle que cabría esperar.

Si bien muchos argelinos han cambiado sus fotos de perfil en Facebook por muñequitos que representan jugadores del equipo nacional, no pocos han sacado del armario la camiseta de la selección española que portaron tras el triunfo de “La Roja” en la Eurocopa, ahora hace dos años [2]. Sin embargo no se ven en demasía –como podría suponerse- las camisetas blancas y verdes, que todo el mundo vistió en aquellos días inolvidables de noviembre de 2009.
¿Dónde está aquella energía desencadenada durante y tras la victoria de Jartum? ¿Dónde ese orgullo de ser argelino, que no se había manifestado desde la independencia hasta la victoria del 18 de noviembre?



Es cierto que en lo estrictamente deportivo los resultados de la selección argelina tras aquel día han sido decepcionantes. La Copa de África jugada en enero en Angola supuso una decepción, con derrotas humillantes ante Malawi (3-0), y sobre todo ante el gran enemigo: Egipto (4-0), que además resultó ser el campeón. La derrota ante Egipto, aún trufada de una actuación arbitral nefasta, hizo que volviera a primer plano el tan familiar victimismo: “Masskina -Aljazair”(pobre Argelia)[3]. Si bien en esta ocasión ese victimismo se encauzó de manera positiva, suscitando todo tipo de acciones de apoyo moral al “ultrajado” equipo nacional.

La euforia de noviembre se ha ido poco a poco disipando, y las malas actuaciones de los partidos preparatorios prácticamente la han liquidado, dando paso a una cierta apatía, que puede explicarse como un mecanismo de defensa sicológico, preventivo contra la frustración que llevaría consigo el fracaso. Parafraseando a Manuel Castells: para evitar una “caída aún más dura en el pozo de las frustraciones” Este miedo al fracaso, o más precisamente está precaución de no ilusionarse, pueden considerarse como consecuencia y a la vez metáfora de la frustración permanente que supone el fracaso de la construcción contemporánea de la nación argelina y de su identidad.

Las expectativas producidas por la dinámica generada tras el éxito de Jartum, no se han materializado en nada tangible. Ahí quedará siempre ese momento, como un referente, más como un hito o jalón que como el comienzo de una nueva dinámica motora de cambios sociales y políticos.

La falta de continuidad es una de las constantes del temperamento argelino, que podemos constatar a diario en múltiples proyectos y experiencias: eclosión, movilización, gran interés colectivo por una determinada causa, que raramente da lugar a un programa de actuación, a una acción coordinada y proyectada en el tiempo. El concepto de “continuidad” parece incompatible con lo que podríamos llamar “mentalidad argelina”. Proyectos que nunca se llevan a cabo, iniciativas que se quedan a medio camino una vez extinguida la inercia del impulso original, o todavía peor, contrarrestada esa inercia con fuerzas opuestas que acaban bloqueando la acción inicial.

Podríamos hablar de un cierto nomadismo sicológico que dificulta o impide toda acción que requiera programación y/o continuidad. Un nomadismo que sin excluir orígenes de orden socio-antropológico estaría más bien enraizado en el devenir histórico-político de Argelia, donde no pudo llegar a cristalizar una identidad nacional y política: regencia otomana, colonialismo francés, socialismo, islamismo, etc. Un nomadismo ligado a la dificultad (imposibilidad) de que cristalice una auténtica identidad argelina. Nomadismo[4]como mecanismo de defensa, tal vez, ante la frustración, que evita acometer empresas colectivas como la creación de una identidad nacional.

Es paradójico por ejemplo que una gran número de argelinos elija o desee vivir en Francia y adoptar la nacionalidad francesa, cuando sus padres o abuelos lucharon contra el poder colonial para forjar una identidad propia. El caso de la ciudad de Orán –ciudad de éxodos- resulta paradigmático, al ser poblada, despoblada y repoblada repetidamente a lo largo de su historia. La conquista por los españoles en 1509 provocaría la huída de toda la población musulmana. Cada vez que españoles y otomanos la ocupaban sucesivamente sucedería lo mismo. En 1962 tendría lugar el último episodio con el desalojo precipitado de la población de origen europeo (en torno al 80% de la población total), siendo ocupada ese vacío por población musulmana de origen rural.

Se decía –dice de Orán- que era –es- la ciudad más europea de Argelia. Seguramente eso fue verdad durante el periodo colonial, y las primeras décadas poscoloniales. Ahora en un sentido metafórico podría decirse que Orán es la ciudad más argelina de Argelia, pues encarna mejor que ninguna otra las contradicciones de este país, y la dificultad para encontrarse o reconocerse, en una identidad.



La dificultad para la gestión de su centro histórico está ligada, o si se prefiere, es buena prueba de ello. Es la única gran ciudad argelina cuyo patrimonio urbano del centro histórico está totalmente desprotegido. En la falta de reconocimiento de ese rico patrimonio histórico (formado por elementos de origen merinida, ¿maltés/veneciano? español, otomano, francés) como propio, está probablemente el origen de la desidia primero y de la incapacidad institucional después para protegerlo y gestionarlo, como lo que es, una riqueza nacional. El no reconocer ese patrimonio, de múltiple origen, como algo propio –que se ama y protege- es lo mismo que no reconocer una identidad argelina, cuyo origen es igualmente múltiple y no estrictamente árabe-musulmán como todavía se preconiza desde muchos sectores.



La situación, en lo que a valoración de ese patrimonio se refiere ha empezado a cambiar en los últimos años de la mano de los intelectuales que encabezan un activo sistema asociativo, y de algunos actores venidos del exterior. No obstante, como cantan sus niños, Oran sigue siendo “la ciudad sucia y maravillosa”, imposible de gestionar. Esta definición contradictoria, un oximoron, define quizás mejor que ninguna otra la complejidad esencial de una ciudad que como Orán, refleja a su vez mejor que ninguna otra la complejidad profunda de la sociedad argelina.

Cabe preguntarse. ¿Hubiera ocurrido lo mismo el 18 de noviembre si el rival (enemigo) deportivo de Argelia no hubiera sido Egipto? Obviamente no; dejando a un lado las cuestiones meramente deportivas y las circunstancias (partido de desempate … suspense, etc.), Egipto representa para Argelia el espejo que da el reflejo de lo que Argelia no es. El “cruce de insultos” que se dirigieron ambas aficiones es significativo: algunos egipcios tildaban a los argelinos de no pertenecer al pueblo árabe, y de no saber incluso hablar esta lengua, mezclándola con el francés. Los argelinos por su parte acusaban a los egipcios de connivencia con Israel, y de no ser verdaderos musulmanes.

La “descalificación” de no ser árabes es un disparo dirigido directamente a la línea de flotación de la identidad argelina. Argelia ha pretendido cimentar su identidad sobre la base de la pertenencia al pueblo árabe, lo cual antropológica e históricamente está muy alejado de la realidad. Además de la bandera argelina, omnipresente en las calles aquellos días de noviembre, se veían también algunas banderas de Palestina. La solidaridad con la causa palestina está muy arraigada en el corazón argelino. El hacer ostentación de ello aquellos días puede interpretarse como la expresión de la pertenencia a la familia árabe-musulmana y al mismo tiempo como acusación a Egipto por no tener una política más radical contra el enemigo por antonomasia de esa familia: el estado de Israel. Los argelinos con ello le espetaban a los egipcios: “Somos más árabes y más musulmanes que vosotros”. A lo que los egipcios replicaban: “No sois árabes, habláis francés”.



La victoria de Jartum trajo consigo el despertar del orgullo de ser argelino, de pertenecer –por primera vez en mucho tiempo- a un colectivo ganador; la victoria no era solamente una victoria, en abstracto, una victoria contra la propia frustración histórica, sino también –al producirse contra Egipto- una victoria contra los propios complejos, una victoria puntualmente exorcizadora y catárquica.

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11 de junio.
Comienza el Mundial. Las calles están desiertas durante la ceremonia inaugural, mucho más desiertas que cualquier otro viernes (día festivo de la semana musulmana).

Pero quedan sólo dos días para que Argelia debute en el Mundial, y las calles de las ciudades argelinas no son ni siquiera una sombra de lo que fueron en aquellos días previos y posteriores al ya mítico 18 de noviembre. Quizás el espíritu combativo-festivo se recupere si Argelia vence a Eslovenia…

13 de junio
Hoy ha debutado Argelia en el Mundial. La expectación antes y durante el partido ha estado a años luz de la vivida en noviembre. Podemos decir que es la expectación normal que despertaría en cualquier país el debut de su selección.



Argelia además ha perdido ante el equipo teóricamente más asequible del grupo. Una derrota tonta propiciada por dos errores tontos: el de un delantero que se hizo expulsar al dar el balón con la mano, y el fallo garrafal del portero en el gol. El miedo al fracaso parece haber hecho mella en los jugadores como lo había hecho en los días previos en la afición.

18 de junio
Vuelve el espíritu de Jartum. Argelia ha empatado ante el potente equipo inglés, jugándole de tú a tú, incluso mejor. Se puede considerar una hazaña, y las gentes, deseosas de poder celebrar éxitos, así lo ven como un gran éxito, y se lanzan a las calles a celebrarlo. Aunque un amigo argelino poco aficionado al fútbol dice: “no hemos metido un solo gol, y vamos los últimos del grupo: ¿qué estamos celebrando? Además salvo tres jugadores todos los demás juegan en equipos europeos”. Esta última objeción de mi amigo, encierra una gran verdad no sólo en fútbol, sino en cualquier disciplina: una parte considerable de los argelinos que destacan, acaban emigrando. La diáspora se ha convertido en la “wilaya” [5] argelina más poblada, y con gente más capaz.



23 de junio.
¡Se acabó!: Argelia casi empata con Estados Unidos –lo que tampoco hubiera valido para clasificarse- pero al final perdió 1-0. En realidad, era lo esperado: No se puede decir que se acabó el sueño, porque no hubo tal. El sueño era estar en Sudáfrica y eso ya se había conseguido.

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Tras la esperada eliminación de su equipo nacional, los aficionados argelinos al fútbol se identifican con el equipo español, no sólo por ser uno de los favoritos, sino por las afinidades mediterráneas, y -sobre todo en el Oeste del país- por las estrechas relaciones: históricas, de proximidad geográfica, de simpatía en definitiva [6]y los argelinos vibran con el triunfo de España en la Copa el Mundo. “África ha elegido a España” es el titular a toda portada del diario Le Quotidian d’Oran el 12 de julio.

12 de julio.
Despacho de la agencia EFE, publicado en La Vanguardia.

“Miles de barceloneses celebran en las calles de la ciudad el triunfo de España frente a Holanda en el Mundial de Fútbol celebrado en Sudáfrica. Las aproximadamente 75.000 personas que, según la Guardia Urbana, han presenciado la final del Mundial de Fútbol en la avenida María Cristina de Barcelona, han expresado su alegría con aplausos y vítores tras proclamarse España campeona”



Hasta el triunfo en la Eurocopa de 2008, pero sobre todo hasta este mundial, hacer ostentación de la bandera española –o de sus colores- tenía connotaciones políticas y sobre todo ideológicas para quien la portaba; incluso en determinados entornos estigmatizaba. Pues bien, con la ascensión de La Roja a la cúspide, eso ha cambiado de forma radical: se vendieron kilómetros de tela con los colores rojo y gualda, que se pusieron de moda en el mundo, y también por toda España.

El triunfo de España en Sudáfrica provocó un sentimiento aglutinador similar, salvando las distancias, al que experimentó Argelia tras obtener la clasificación. Parafraseando a Kharroubi Habib podemos decir que lo que la política no ha llegado a poder realizar en el plazo de veinticinco años en España, lo ha conseguido La Roja.

El triunfo español no va a hacer que España salga de la crisis económica –aunque tendrá una repercusión económica favorable. En Argelia las cosas siguen más o menos como estaban antes de la clasificación. Sin embargo algo ha cambiado para muchos en la forma de sentirse argelino, así como algo también ha podido cambiar en algunos en la forma de sentir la pertenencia a España. Cuando dentro de varias décadas se hagan estudios sobre la sociedad argelina y la sociedad española, muy probablemente en ambos casos se dirá que algo cambió en ambas con el Mundial de Sudáfrica.



Notas:

[1]Ver: “Mucho más que un partido de fútbol. (La noche que Argelia se reconcilió consigo misma).”GALVÁN Javier. http://araboislamica.blogspot.com [jueves, 3 de diciembre de 2009].
[2]Es Argelia el país del mundo donde se utilizan con mayor profusión las camisetas de los equipos de fútbol como atuendo cotidiano. Hay en el argelino –como probablemente en todos los ciudadanos de países poco acostumbrados al éxito- un anhelo de identificarse con el vencedor. A finales de mayo siempre aparecen con profusión camisetas del equipo vencedor de la Champions League.
[3]“Masskina -Aljazair”(pobre Argelia) es una canción y también un lugar común en el imaginario argelino.
[4]Como vivencia empírica o experiencia cotidiana, hace mucho que el nomadismo ha desaparecido de nuestro horizonte vital, debido a la extinción de las condiciones generales de vida que lo posibilitaban. Lo que sí queda es una conciencia nómada, un nomadismo psicológico que nos inclina con mucha fuerza, por ejemplo, a seguir viviendo al día, a no preocuparnos por el mañana, a dar por supuesto aquello de “Dios proveerá”. (Joaquín Albaicín)
[5]Subdivisión administrativa de algunos países musulmanes, equivalente a provincia.
[6]España fue el único país del mundo, que no cerró su consulado en Orán durante la década de los 90 (los años del terrorismo, o década negra en Argelia), algo que los oraneses no han olvidado.

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