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viernes, 1 de enero de 2010

Un apunte sobre Edward William Lane y su pasión egipcia



Edward William Lane nació en 1801 en Hereford (Reino Unido), y destacó pronto en el estudio de las matemáticas. Inicialmente su intención fue la de seguir la carrera eclesiástica, para lo que pensó estudiar en la universidad. El hecho de que su formación fuese eminentemente matemática le impidió —tras su decepción por el sistema universitario de Cambridge—, probar fortuna en Oxford, en donde el peso de las humanidades hacía imposible la entrada a un alumno con vocación científica. Tras esta renuncia al mundo académico abandonada su idea de hacerse pastor, entró en el taller de su hermano Richard, litógrafo de fama ya por entonces, en donde permaneció varios años aprendiendo el arte de la impresión del grabado. Paralelamente a esta vocación se interesó por las lenguas de oriente, y empezó a dedicar las noches al estudio del árabe y el hebreo, y los días de fiesta al examen de las Sagradas Escrituras, con tal intensidad que su salud comenzó a resentirse, tanto por el esfuerzo intelectual realizado como por el ambiente insalubre del taller de grabado y el duro clima londinense.
En 1822, a los veintiún años de edad, se vio atacado por una fiebre tifoidea que estuvo a punto de matarlo. Logró, sin embargo, superar la enfermedad, pero su salud quedó tan resentida que, en los días malos, no podía andar por una calle sin apoyarse en los muros varias veces para recuperar el aliento. Como por entonces ya había hecho grandes progresos en el estudio del árabe, empezó a acariciar la idea de entrar al servicio del Gobierno Británico. Informado de que tan sólo aquellas personas capaces de hablar esta lengua tenían posibilidades de obtener plaza de intérpretes, y que por lo tanto, se imponía la estancia en un país árabe. Lane vio en el viaje también una solución a sus problemas respiratorios y, como entonces Egipto empezaba a ser un país accesible a los europeos, se decidió a embarcarse para la Tierra de los Faraones.



Edward Lane hizo tres visitas a Egipto; la primera de ellas se alargó por tres años, y en ella sentó las bases de sus conocimientos lingüísticos, recorrió todo el país subiendo por el Nilo hasta la segunda Catarata, límite entonces nunca, franqueado por un europeo, y redactó su Description of Egypt, obra. En ella hacía un repaso de los principales monumentos faraónicos del país, ilustrada con grabados de su propio puño, y que su autor nunca llegaría a ver impresa—, trazando los primeros apuntes de lo que sería su libro An account of the manners and customs of the Modem Egyptians , que en sus orígenes, no era más que una parte de la citada Descrnption of Egypt.



Durante esta primera estancia conoció no sólo a diversas personalidades que serían un gran estímulo en sus estudios—los egiptólogos Wilkinson, Lepsius, los viajeros Humphreys, James Burton, el coleccionista y diplomático Henry Salt— sino que tuvo también la suerte de trabar amistad con otro inglés viajero, Lord Prudhoe,(que por entonces todavía no había heredado el título de Duque de Northumberland), cuya amistad y generosidad permitirían a Lane la redacción de su Arabic English Lexicón.

A la vuelta de Egipto, Lane se ocupó en anotar debidamente la Description of Egypt. Fue entonces cuando separó, del cuerpo del libro, una pequeña parte que había escrito acerca de las costumbres y los hábitos del pueblo que lo habitaba, mostrándola a Lord Brougham, a la sazón miembro del comité de la Society for the Diffusion of the Useful Knowledge, quien decidió publicarla a expensas de la Sociedad. Lane, no obstante, no demasiado satisfecho de algunas partes del libro, decidió visitar otra vez Egipto y retocar y mejorar algunos capítulos. Salió de nuevo hacia tierras egipcias en octubre de 1833, y permaneció en ellas hasta 1835. Durante esta estancia alquiló una casa en El Cairo, en una zona cercana a lo que hoy es el centro de la ciudad, y, ataviado —o casi se puede decir que disfrazado—de turco respetable, vivió entre los cairotas durante casi tres años.


Salvo casarse (cosa que no haría hasta 1840, con una griega) y emborracharse o colocarse (era abstemio y demasiado puritano —en el mejor sentido de esta palabra—como para probar el opio o ser fumador de hachís), hizo todo lo que un egipcio de la época podía hacer en una ciudad como El Cairo, desde asistir a las plegarias y a las festividades religiosas hasta ir a los entierros, pasando por jugar a todos los juegos imaginables, acudir al baño público o investigar—siempre desapercibido en sus ropajes orientales y su árabe egipcio sin acento— los entresijos de la administración de gobierno, de la justicia o del comercio. Se trataba de una actividad arriesgada en aquellos años, pues estaban todavía recientes en el tiempo las luchas por el Mediterráneo, que tanta sangre y odio costaron a Europa y al Imperio Otomano, que convertía en suicida su gesto: un devoto lector de la Biblia alineado con musulmanes en la mezquita de Hasayin el día de al-´Iyd el Kabir (la fiesta del sacrificio), participando de sus plegarias.
Lane debió de verse tentado por el estudio del Egipto Antiguo; de hecho, su Description of Egypt parece indicar que su interés apuntaba en esa dirección. Sin embargo, el azar debió de llevarlo hacia el estudio de aquellos que él—significativamente—califica de "modernos" egipcios. Para apreciar en su justa medida el mérito de semejante decisión debe de tenerse en cuenta que, en 1833, fecha de redacción de Maneras y costumbres..., los hombres de carne y hueso que poblaban el Valle del Nilo eran poco más que un estorbo, con el que los arqueólogos (que entonces recibían el delicioso y flagrante nombre de anticuarios) no hacían más que tropezar en su afanosa y agitada recolección de cosas con las que llenar los museos. Lane parece haber pertenecido a ese pelotón de anticuarios en una primera época, si bien pronto desertó y se volcó en el estudio del árabe, en el que acabaría por centrarse, para fortuna de los estudiosos de esta lengua. Añádase a todos los méritos que la redacción de esta obra pueda pretender el hecho de que fue escrita entre epidemias terribles de peste bubónica (enfermedad que, si bien en Europa había ya remitido a principios del siglo XIX, continúo ensañándose con diversos países del Imperio Otomano hasta bien entrado el siglo XX) y que el pueblo que Lane se empeñaba en retratar era diezmado en razón de uno por cuatro. En más de una ocasión, el autor se vio obligado a subir hasta la ciudad de Tebas, (que entonces todavía no se llamaba como hoy, Luxor), a fin de poner tierra entre él y su manuscrito por un lado y la muerte por otro.

De esta segunda estancia se conserva un diario—escueto, casi telegráfico—, en el que leemos, bajo la fecha 26 de diciembre de 1834, la siguiente anotación: "Llevo en El Cairo justo un año. Empiezo ahora a escribir la copia en limpio de mi obra acerca de los modernos egipcios. La peste continúa en Alejandría". A primeros de Agosto del año siguiente, la copia estaba terminada, y Lane volvía a Inglaterra. El título definitivo de la obra sería An account of the manners and customs of the Modem Egyptians.
Lane volvió, no obstante, a Egipto una vez más, la tercera, en 1842, y lo hizo para recoger materiales destinados a la que sería su segunda gran obra, un diccionario en ocho tomos al que daría el modesto título de An Arabic-English Lexicón.



Durante siete años no salió de El Cairo sino en una ocasión, para enseñar las pirámides a su esposa, llegando a permanecer en casa durante seis meses seguidos. Fue durante este tercer viaje cuando redactó las notas que acompañan el texto de Maneras y Costumbres... Después, ya en Inglaterra, durante otros veintisiete años más (y gracias a la ayuda económica del Duque de Northumberland) redactó pacientemente cada una de las letras del diccionario, que, a la postre, hubo de quedar incompleto. Su sobrino, S. Lane-Poole, que fue quien completó la obra, describe —en unas tiernas páginas dedicadas a la memoria de su tío—algunas de sus costumbres: "Mi tío acostumbraba a instalarse en su mesa tras un ligero desayuno y trabajaba tres o cuatro horas por la mañana. Hacía una necesaria pausa a la hora de comer, temprano, pero a continuación retomaba su tarea inmediatamente, sin darse un descanso, y continuaba escribiendo hasta las cuatro de la tarde, hora en que, si el tiempo acompañaba y él se encontraba bien de salud, paseaba con algún miembro de su familia durante una hora o dos. Estaba de nuevo en casa para el té, y desde las seis hasta las diez volvía a sepultarse de nuevo entre manuscritos, hasta que una cena muy frugal ponía fin a su jornada. Al principio (de todos estos años) su paseo de primera hora de la tarde podía abarcar tres o cuatro millas, pero, a medida que sus fuerzas se iban desvaneciendo, la distancia iba menguando, hasta que, durante el último año, recorría muy despacio —arriba y abajo— un trecho sombrío de algún camino durante media hora, e incluso así, luego solía encontrarse exhausto".
Murió en 1876 a resultas de la misma bronquitis que le hiciera ir a Egipto cincuenta años antes

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