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sábado, 14 de marzo de 2009

Tolerancia y multiculturalidad (7ª). Al-Andalus: tópicos y mitos



Después de bastantes días y por motivos ajenos a mi voluntad, retomo mis comentarios sobre el libro de R. M. Rodríguez Magda, Inexistente Al Ándalus. De cómo los intelectuales reinventan el Islam. Si mi primer comentario se centraba en el tema de la violencia, este segundo se refiere a la cuestión de la raza y la cultura, ¡ahí queda eso!



Como decíamos, Rodríguez Magda intenta defender su original teoría de que los musulmanes son muy violentos, en lugar de sostener que el ser humano (en líneas generales) es muy violento, y, sobre todo, en tiempos premodernos (valgan los tres ejemplos del lado cristiano presentados en mi anterior artículo). Pero, también hace lo imposible por dejar claro que lo positivo que hubo en la cultura árabo-islámica (si hubo algo), no fue cosa de los árabes en ningún caso, ni de los musulmanes casi nunca, sino que ¡puras casualidades de la vida!, siempre fueron gentes de otras razas y pueblos los que, a pesar de vivir bajo el yugo arabo-islámico, lograron pensar y crear cultura.



Su tesis es la siguiente:

“Resulta de capital importancia a la hora de adjudicar protagonismos culturales no pensar en bloques homogéneos y ahistóricos, sino resaltar las diferencias entre lengua, cultura, religión y pertenencia racial o nacional de sus autores.” [p. 37]

Para lo que no duda, al “resaltar las diferencias” en marcar las diferencias:

“Toda esta labor de traducción, realizada casi en su totalidad por sabios no musulmanes, puso al alcance de los árabes los textos clásicos de la Antigüedad, lo que propició el surgimiento de buena parte de las figuras más relevantes de la cultura islámica ya en los siglos IX y X –si bien autores como Shafa no dejan de señalar la ascendencia persa de la mayoría de ellos.” [p. 61]

O:

“Los filósofos más relevantes de la cultura árabo-islámica, si excluimos la línea persa denostada por Yabri, son hispanoárabes” [p. 74].

O:

“la escasa originalidad de la cultura árabo-musulmana si tenemos en cuenta, por ejemplo, que al-Juwarizmi y Avicena eran persas, que el primero desarrolla la matemática hindú, que al-Samaw´ al-Magribi era judío y que al-Battani era harranita, esto es, pagano-sabeo.

Y, por poner una última cita para no alargarme en exceso, dice:

“Reiteradas situaciones adversas tuvieron que sufrir los filósofos árabes más conocidos, casi todos como hemos dicho de origen étnico hispano.” [p. 53]

¡La tan traída y llevada etnia hispánica! No deja de sorprenderme que cuando parece que ya han sido superadas algunas etapas dentro del desarrollo del pensamiento, resulta que, de pronto, se retoman ideas, ya periclitadas, que vuelven a aparecer con más fuerza, como los virus. Volver a oír hablar de “La España preislámica” o, peor aun de “la España ocupada” [p. 36] es desalentador. Afirmar que los filósofos árabes más conocidos “eran de origen étnico hispano” nos retrotrae a figuras como F. Simonet o C. Sánchez Albornoz, grandes eruditos e importantes figuras de nuestra historia, pero cuya ideología les condicionó de tal forma que es difícil leerlos sin esbozar, en muchas ocasiones, una leve sonrisa, por lo marcados que estuvieron por la época que les tocó vivir. Es una pena que se vuelva en nuestro país a posiciones esencialistas en las que Hispania/España ¿cómo etnia? y el cristianismo como religión se antepongan como estandarte a la lógica científica y a la verdad histórica.



En relación a lo anterior hay una cuestión básica. Cuando los especialistas tratan del papel jugado por la cultura árabo-islámica como hito en la historia de la civilización humana o en su función esencial en la transmisión del saber greco-latino e indio a Europa, no se están refiriendo a árabes que fueran musulmanes (visión estrecha y lejana a la realidad) sino a cualquier habitantes el extensísimo territorio que abarca el mundo árabo-islámico clásico. Es decir, además de los árabes musulmanes: árabes cristianos [coptos, nestorianos, melkitas, etc.], persas musulmanes o zoroastras, beréberes musulmanes, judíos, armenios cristianos, kurdos musulmanes, andalusíes cristianos, andalusíes musulmanes, andalusíes judíos, turcos musulmanes, mongoles cristianos, mongoles musulmanes, musulmanes o cristianos de origen siciliano, catalán, gallego o castellano que vivían dentro del mundo árabo-islámico, etc. Es decir, se dieron multitud de combinaciones de pueblos, religiones, lenguas y costumbres que tenían como denominador común un poder político islámico (en mayor o menor medida), la lengua árabe (hablada por muchos y conocida como lengua religiosa y de cultura por muchísimos más) y unos rasgos culturales en los que prima el Islam como religión/cultura, con multitud de variantes locales. Por ejemplo, el hecho de no comer cerdo, el estilo y arquitectura de las ciudades, etc. El entrar en disquisiciones raciales (por no llamarlas racistas) de si las aportaciones al legado arabo-islámico fueron más de los persas, de los judíos o de los andalusíes de origen peninsular es una discusión baladí que no nos lleva a ninguna parte.



Imágenes: 1)Maqamas de al-Hariri, 2) Ejército musulmán, 3) Ejército cristiano. Beato de Liébana, 4) Francisco Javier Simonet, autor de Historia de los mozárabes de España, 5)Claudio Sánchez Albornoz, medievalista español, 6) Callejuela de Fez.

[Continuará]

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