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sábado, 14 de marzo de 2009

Los cristianos de Alá

Pese a ser el islam una religión estigmatizada por la mayoría cristiano-vieja, sin embargo fue abrazada por unos 10.000 o 12.000 españoles (las cifras son aproximadas) entre los siglos XVI y XVIII. Ahora eran «renegados». En un país que había convertido la Reconquista contra los moros en seña de identidad, este fenómeno podría sorprender, pero obedecía a una lógica bien comprensible: la mayoría de estos conversos eran los prisioneros de guerra que los turcos o los berberiscos del Magreb capturaban en sus ataques contra naves cristianas o los pueblos de la costa. Los famosos cautivos que, como Miguel de Cervantes, iban a parar a los «baños» o cárceles de Argel, Túnez y Trípoli comenzaban una experiencia que sacudiría sus vidas para siempre. Reducidos a la esclavitud, sólo los más afortunados llegaban a ser rescatados gracias al dinero de su familia en España o al canje por un fraile mercedario. El único escape para el resto consistía en convertirse al Islam.

Quienes optaron por este camino se hallaban en los extremos o de la pobreza, o del arrojo. Pragmáticos u oportunistas o, simplemente, escépticos ante cualquier forma definida de religión (pero seguramente creyentes), el caso es que miles de ellos rompieron con Roma. El ritual de conversión era sencillo: en privado -salvo que se tratara de un cristiano importante-, el cautivo debía exclamar la célebre máxima «El único Dios es Alá y Mahoma es su profeta», adoptar un nombre y ropas árabes y, si era hombre, circuncidarse. El nuevo musulmán no dejaba de ser esclavo, pero cuando terminara de pagar su redención podría iniciar un ascenso social y económico que algunos culminaron con éxito en la marina, el ejército o la administración turca, argelina o marroquí. Lo cual tampoco decidía nada: hubo quienes volvieron a España, aun a riesgo de ser castigados por la Inquisición por el delito de apostasía.
Cabe dudar si tras esta condena sólo había celo por la ortodoxia o una admiración resentida ante un ejercicio de libertad.
En mi opinión, unos de los aspectos más significativos de este libro es el que habla sobre los niños de Europa occidental víctimas de las razzias por tierra o capturados en mar.
Estos niños eran capturados junto a los adultos con la única diferencia que en el caso de los niños nunca se aceptaba rescate. La memoria colectiva de estos niños, ha conservado el miedo obsesivo ante aquellos ataques relámpagos en Córcega, Sicilia, Calabria y Baleares y en el litoral valenciano o genovés que diezmaban familias y comunidades rurales.
Llegados ya a la edad adulta, las víctimas evocan ante los inquisidores su infancia interrumpida. Estos hombres guardaron un recuerdo tan dramático de su ingreso en el Islam que quizá tendían a exagerar la crueldad de su dueño. Además, su declaración ante el tribunal inquisitorial está evidentemente, al servicio de sus intereses. Sin embargo, su testimonio es absolutamente digno de fe pues concuerda con los comportamientos de los musulmanes que daban gustosos prueba de su tolerancia para con los adultos cautivos, con cuyo rescate contaban o cuya fuerza de trabajo utilizaban, pero forzaban a convertirse a unos niños a quienes deseaban integrar en la sociedad musulmana.
Es el caso por ejemplo de José Bualdes, de ocho años, compartió en Safi la vida de los hijos de su dueño con los que iba a la escuela y oraba en la mezquita; en cuatro años su familia adoptiva hizo de él un auténtico musulmán; pero el amo murió y el niño, que seguía siendo esclavo, fue cedido al rey de Marruecos; en Salé primero y luego en Argel vivió la vida aventurera de los corsarios; cuando fue apresado de nuevo por los cristianos en flagrante delito de corso era, a sus treinta años, arráez de un bajel corsario; denunciado por testigos, José Bualdes reconoció la solicitud con que le había rodeado la familia marroquí y confesó bajo tortura que había creído poder salvar su alma en la fe de Mahoma.
Un caso así es raro porque ante el Santo Oficio los renegados tienden más bien a buscar circunstancias atenuantes y a recordar los malos tratos de que fueron víctimas, o incluso a inventarlos.
Una cuestión importante en relación a esto es que la ley musulmana, no permitía separar a un niño esclavo de su madre antes de perder su primera dentición. Así, padres e hijos capturados juntos podían permanecer unidos durante años y, en ese caso, los niños eran sostenidos en su fe cristiana, incluso cuando se les forzaba a apostatar.
En definitiva voluntariamente o no, los renegados desempeñaron la función de intermediarios entre dos civilizaciones, entre dos culturas que se detestaban mucho menos de lo que se ha dicho y creído. Los convertidos más auténticos, lo más comprometidos con el Islam, conservan el recuerdo de su comunidad de origen, hablan su lengua, mantienen relaciones de negocios con sus antiguos compatriotas, prestan pequeños servicios y llegan incluso a contribuir a la rendición de un paisano que rehúsa convertirse. Muchos renegados vueltos a tierra cristiana habían experimentado en algún momento difícil las bondades de un amo, musulmán piadoso, o la compasión de su esposa y otros fueron devueltos a la libertad por su mismo dueño. Algunos piensan en el fondo de su corazón y, se arriesgan incluso a decirlo, que “el moro bueno se salva en su fe”.

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