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viernes, 26 de septiembre de 2008

"Esparcimiento de corazones", Al- Tifasi [reseña]


“Esparcimiento de corazones” de Al-Tifasi, es un libro lleno de definiciones, detalles e historias, pura literatura erótica árabe.
Revelador donde los haya, podría comparase con la magnífica obra de Ibn Hazm: “El collar de la paloma”, aunque el tema principal no es el amor.
En este caso los actores y actrices del sexo son los protagonistas de esta lectura, que, estoy segura, será sorprendente para cualquier lector de a pie que no haya leído nunca una obra de esta temática dentro de la literatura medieval, como por ejemplo al famoso poeta Abu Nuwas, y que sea consciente del rigorismo islámico, en materia sexual, tal y como lo conocemos ahora.

Lo que realmente nos llega a sorprender es el contraste entre el antes y el después, entre una sociedad árabe desinhibida que hablaba sin tapujos de chulos, rameras y maricones, que despojaba al sexo de tabúes y normalizaba una serie de comportamientos que, en la actualidad, en algunas regiones de Oriente Medio serían motivo de lapidación, latigazos o de la horca.
¿Qué pasaría ahora si escritores y poetas árabes abiertamente gays, que dedicaban sus más bellas obras a personas de su mismo sexo, levantaran la cabeza? Pues que seguramente se la cortarían.

La hipocresía de negar la existencia de la homosexualidad, como ya se atrevió a hacer en su día Mahmud Ahmadineyad (presidente de la República Islámica de Irán), afirmando que en su país no habían homosexuales, no es cosa de oriente y el Islam. La vuelta a las opciones más conservadoras y radicales se ha estado viendo últimamente en occidente con personajes de la talla de Berlusconi, Bush o Benedicto XVI, entre otros.

El autor de esta lectura tan procaz nació en Gafsa (Túnez) en 1184. Su padre era un cadí (juez) y su abuelo, Ahmad, había servido de secretario a las órdenes del emir al- Mu’ tazz ibn al-Rand. Se trasladó a Túnez capital y estudió en la prestigiosa mezquita Zaytuna. Allí atesoró sus primeros conocimientos de literatura, medicina y ciencias naturales. Viajó a Egipto y Siria para completar sus estudios y regresó siendo nombrado cadí de Gafsa. Abandonó Túnez tras la muerte de su esposa. Entonces, viajó a Alejandría y fue requerido por el sobrino de Saladino, el sultán al- Kamil, que había oído hablar de su ciencia y saberes. En la capital egipcia, al- Tifasi se ganó pronto los favores del monarca ayyubí gracias a su cultura y su habilidad. Viajó por Armenia y Persia. Sordo y medio ciego, falleció en El Cairo en 1253.

Está claro que la amplia carrera de al- Tifasi, sus viajes, sus vivencias, el codearse con algunas de las mentes más brillantes de aquella época, hicieron a este hombre expandir su conciencia y darse cuenta de una realidad más allá de las nociones coránicas y familiares del momento, la de las distintas realidades sexuales.
Al pertenecer a una clase cultivada al-Tifasi hablaba de estos temas de una manera desenfadada y jocosa, al contrario de la mayoría de la gente que no sabía leer ni escribir. Esto lo hace diferente. Prueba de ello es que era un observador de la humanidad que no se le escapaba un detalle.

En el libro podemos encontrarnos con unas 15 definiciones distintas de ciertas conductas y tendencias sexuales bastante tabues tanto en aquella época como en la actualidad.

En el capítulo VI, al-Tifasi habla sobre las condiciones de la sodomía y rasgos de los mu’ ayirin o los que alquilan sus cuerpos.
El autor describe las condiciones necesarias que debe reunir un buen sodomita activo o bujarrón: tener una casa dispuesta y bien provista de salas de baño, tablero de ajedrez, libros de poemas, etc.
Al –Tifasi cuenta que una vez un hombre preguntó a un sodomita: “¿Cuál es la razón de que haya siempre tantos mancebos imberbes a tu alrededor dispuestos a satisfacer tus deseos?”
A lo que el otro contestó:
- “Ahora mismo te voy a mostrar la razón de mi éxito.”
Dicho esto procedió a sacarse de debajo del turbante una bolsa repleta de monedas y le dio un puñado de ellas. A continuación saco de un pañuelo que llevaba atado a la cintura dulces y frutos secos. Luego se llevó la mano a la faltriquera y le enseñó otras cosas de valor que en ella había.
El otro, a la vista de todo esto exclamó: “Basta, no sigas, no vaya a ser que acabes ensartándome aquí mismo”

Esta claro que cuanto menos os llamará la atención la manera desenfadada con la que este autor habla de la homosexualidad y la prostitución. Temas atemporales como estos que vienen existiendo desde el principio de los tiempos y seguirán latentes en cualquier sociedad oriental u occidental aunque siempre habrá personas que los intenten invisibilizar.

Hace 800 años este árabe tunecino escribía “Esparcimiento de corazones”, contando detalladamente como hombres de Dios y de ley interactuaban con rameras, chulos y homosexuales, cuando, hace sólo 5 años, Canadá prohibía a los homosexuales donar órganos, hace 4 Irán ahorcaba en una plaza a una pareja de gays y hace 3 las tropas rusas emprendían a palos con la manifestación del orgullo LGTB en las calles de Moscú. Muchos dirían que estos sucesos son una vuelta atrás, pero ¿cuánto de atrás?

Para finalizar, os transcribo una de las historias que más ha gustado, y empieza así:

“Relata Yáhiz en “El libro de los ladrones” que un viejo fue llevado ante un? valí, acusado de robo y asesinato. El valí decretó que se le metiera en la cárcel hasta que se le aplicara el castigo pertinente. Poco tiempo después metieron en esa misma cárcel a un muchacho que pertenecía a la banda del viejo y con el que mantenía relaciones carnales.
Un día, sacaron a algunos malhechores de la cárcel, incluidos el viejo y su amante para llevarlos a presencia del valí y someterles a suplicio.
Cuando le llegó su turno, el muchacho aguantó con sorprendente entereza los cien latigazos, pese a la fragilidad y juventud de su cuerpo. Este hecho no pasó inadvertido para los presentes quienes admiraron la hombría del joven. El mismo valí dijo a su séquito:
- Lo que más me sorprende de este muchacho aguerrido y valeroso es que se deje hacer por un viejo.
Al decir esto señaló al anciano de aspecto escuálido y repulsivo, que había seguido la flagelación del chico con muestras evidentes de temor y desasosiego que el valí y sus acompañantes habían interpretado como señal inequívoca de pánico. Así que cuando llegó el turno del viejo, el valí ordenó que se le eximiese de los latigazos diciendo:

- Devolvedle a su celda, pues no aguantaría ni siquiera cinco azotes.

Pero el anciano se volvió hacia él con los ojos enrojecidos por la furia y le dijo:

- No solo puedo aguantar cinco, sino cinco mil. Que mi vigor no reside en mi cuerpo sino en mi espíritu, mi ánimo y mi corazón.

- Desnudadlo.- ordenó el valí.

Los verdugos trataron de amarrarlo al poste de tortura pero el viejo se revolvió diciendo:
- No hay necesidad de atarme.

Así que se quedó de pie con el torso y la espalda descubiertas, recibiendo latigazos por doquier. Hasta quinientos latigazos soportó el valeroso anciano, fustazos horribles, pero nunca movía los pies del suelo… ¡Parecían estacas hundidas en la tierra!
El que se sentaba junto al valí le comentó con tono admirado:
- ¿Y tú reprobabas al muchacho por dejarse empalar por este viejo? ¡Por Dios que si me lo pidiera a mi tampoco me negaría!

Y el valí rió y rió hasta que se le saltaron las lágrimas.”

En definitiva, un libro interesante y ameno, repleto de pasajes que resultan hasta cómicos como habéis visto, vacío de represiones y vergüenzas. En mi opinión peca de algunos estereotipos de género, por ejemplo, cuando describe a rameras y alcahuetas. Y lo que menos me gustó de todo es la ausencia total de la homosexualidad femenina en sus relatos, aunque si las lesbianas de hoy se quejan por su invisibilidad, pensad en el grandioso burka imaginario que las cubría en el siglo XII.

viernes, 29 de agosto de 2008

La mezquita de Hassan II.

El pasado mes de julio, pude disfrutar de unos días en Marruecos, y entre los monumentos que visité, me gustaría hablar un poco de uno de los que más llamó mi atención: la Mezquita de Hassan II, en Casablanca.
La construcción de esta mezquita fue una idea del rey Hassan II en 1986 que, inspirándose en un versículo del Corán que dice: “Y el trono de Dios se construirá sobre las olas”, decidió ubicarla precisamente sobre el Atlántico. El arquitecto que se encargó de su diseño fue el francés Michael Pinseau y, 2.500 obreros y 10.000 artesanos participaron en su construcción durante 6 años, desde 1987 hasta 1993, año en que fue inaugurada.

Se trata de la segunda mezquita más grande del mundo, después de la Meca. La explanada que hay en el exterior de la mezquita ocupa cerca de treinta mil metros cuadrados y puede albergar a unas 90.000 personas. Su minarete, el más alto del mundo, mide aproximadamente unos 210 metros de altura, y todas las noches, desde él se proyecta un láser que marca la dirección de La Meca. En el interior hay espacio para albergar a 25.000 devotos. Y destaca también por ser la única mezquita de Marruecos que está abierta a los no musulmanes que quieran visitar el interior.


Personalmente, lo que más me llama la atención de la mezquita, además de su colosal tamaño, es que en este monumento se aúnan la tradición y la modernidad, ya que podemos encontrar en ella todo el esplendor de la artesanía marroquí junto a la más moderna tecnología punta. Pueden resultar un tanto sorprendentes algunos detalles como por ejemplo, que la sala de oraciones, con una superficie de 20.000 metros cuadrados, esté dotada de un techo móvil, que en algunas ocasiones especiales (fiestas y celebraciones musulmanas), es abierto para dejar entrar la luz directa del sol. Del mismo modo, también tiene canales de agua con fondo de cristal que circulan por el centro de la sala. Las puertas de acceso a la mezquita, realizadas en cobre y estaño, también poseen un mecanismo para que se abran de forma automática.
Además, en la planta subterránea encontramos dos baños: un hammam al estilo árabe y un baño turco que alberga una enorme piscina de agua templada.


Y en esa misma planta, justo debajo de la sala de oraciones, está la sala de abluciones, que está constituida por 41 fuentes de mármol blanco.

A pesar del derroche de lujo innecesario del que está dotada la mezquita, y de que la visita es un tanto cara (aunque guiada, eso sí), no dejo de recomendar a todo el mundo que la visite.

lunes, 21 de abril de 2008

Yuha, su burro y los ladrones

“Compró Yehá un burro en el mercado y echó a andar para su casa llevándolo del diestro. Dos ladrones que le seguían convinieron hacerle una mala jugada; se adelantó uno de ellos, quitó la cabezada al burro, se la colocó él y siguió marchando tras el chej. El otro ladrón se llevó el burro.
Cuando Yehá llegó a su casa, volvió la cabeza y quedó atónito al ver un hombre en el lugar del burro.

- ¿Quién eres tú?

El ladrón empezó a llorar y restregándose los ojos, respondió:

- Señor, soy un hombre ignorante que con mi conducta enfadé a mi madre. Ella pidió a Dios que me convirtiera en un burro, su petición fue atendida y he venido soportando fatigas y golpes hasta que me habéis comprado en el zoco. Con vuestra santidad y benevolencia he vuelto a ser hombre.

Y, arrodillándose ante el chej, le besó la chilaba haciendo protestas de agradecimiento.
Yehá, que había creído cuanto le había dicho, exclamó:

- ¡No hay fuerza y potencia fuera de Dios!

Y lo puso en libertad después de aconsejarle que obedeciera a su madre en todo.
Pocos días después volvió al mercado a comprar otro burro y vio allí en venta el que le había sido robado. Se acercó a él y en voz baja le dijo:

- Me parece que no has hecho caso de mis consejos y has dado lugar a que se enfade de nuevo tu madre. ¡Ingrato! Pero te juro que no he de ser yo el que te vuelva a comprar…

Cuentos de Yehá, recogidos, ordenados y publicados por T. García Figueras, Sevilla, 1989, pp. 81-82.

lunes, 17 de marzo de 2008

Los Cuentos de Yehá

Un día que Yehá fue al baño acompañando a Tamerlán, fue interrogado por éste:

-Si yo fuera un esclavo, ¿por qué precio me venderías?

Yehá le contestó:

-Por cincuenta reales.

Tamerlán le dijo indignado:

-¡Qué poco sabes apreciar! Solamente la toalla que llevo en la cintura vale ese precio.

Yehá, sin perder su calma habitual, le dijo:

-Es que también he incluído el precio de la toalla.


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Un día le dijo Tamerlán:

-Sabrás, oh Yehá, que todos los califas abasidas llevan un sobrenombre especial. Uno se titula: El que acepta lo que Dios depara; otro, El que confía en el Señor; otro, El que se refugia en el Señor y análogamente los demás. Dime; si yo fuera uno de ellos, ¿qué sobrenombre debería adoptar?

Sin vacilar, le contestó Yehá:

-Señor, sin duda os llamaría: ¡Líbrenos Dios!





Yehá fue invitado por unos jóvenes de Aak Chahr para que los acompañara al baño. Pretendían mofarse de él y con ese objeto acordaron que cada uno llevaría consigo un huevo. Cuando se despojaron de sus vestidos y se disponían a entrar desnudos en el agua acompañados de Yehá, dijo uno:

-Venid, vamos a poner cada uno un huevo y el que no lo ponga pagará el importe del baño.

Todos se reunieron y pusiéronse a imitar el cacareo de la gallina; poco después presentaba cada uno un huevo en la mano.

Al ver esto, comprendió Yehá la broma que le habían preparado y poniéndose frente a ellos empezó a imitar el canto del gallo.

-¿Qué haces Yehá?, le preguntaron los muchachos.


Y Yehá les contestó:

-Soy vuestro gallo; ¿por ventura habéis visto nunca un gallinero sin gallo?


Cuentos de Yehá, Recogidos, ordenados y publicados por Tomás García Figueras, Ed. Padilla libros, Sevilla.

jueves, 3 de enero de 2008

Goha y Tamerlán

En Las 1001 noches se encuentran varias anécdotas graciosas de Goha -el protagonista por excelencia de los chistes clásicos árabes, persas y turcos- como bufón de Timur-lang (o Timur el cojo), conocido en Occidente como Tamerlán, el segundo gran conquistador mongol después de Gengis Kan. Una de ellas dice:

Y un día, Timur que no solamente era cojo y tenía un pie de hierro, sino también era tuerto y extremadamente feo, charlaba de unas cosas y otras con Goha. Y a la sazón entró el barbero de Timur, y después de afeitarle la cabeza, le presentó un espejo para que se mirase. Y Timur se echó a llorar. Y siguiendo su ejemplo, Goha rompió en llanto, y lanzó suspiros tras gemidos, e invirtió en ello una o dos horas de tiempo. Así es que ya había acabado de llorar Timur, y Goha seguía sollozando y lamentándose. Y Timur, asombrado, le dijo: “¿Qué te pasa? Si yo he llorado fue porque me miré en el espejo de este barbero de mal augurio y me encontré verdaderamente feo. Pero, ¿porqué motivo viertes tú tantas lágrimas y continúas gimiendo tan lamentablemente?” y Goha contestó: “Dicho sea con todo respeto, ¡oh soberano nuestro! , he de hacerte observar que ha bastado que te mires un breve instante en el espejo para llorar dos horas seguidas. ¿Qué tiene, pues, de sorprendente que tu esclavo, que te está mirando todo el día, llore más tiempo que tú?” Y a estas palabras, en vez de enfadarse, Timur se echó a reír de tal manera, que se cayó de culo” [Alf layla wa layla, trad. del árabe de J.C. Madrús, versión castellana de V. Blasco Ibáñez, Barcelona, t. II, p. 1273]

lunes, 26 de noviembre de 2007

La mecana, la iraquí y la medinense.

Harun ar-Rashid se hallaba a la sazón bebiendo, rodeado de sus jawari (esclavas) e invitados, cuando al-Fadl Ibn Arabi pidió permiso para entrar. El califa le ordenó que entrara y le preguntó, apenas se hubo sentado: "¿Qué motivo has tenido para venir a visitarnos a esta hora?" "¡La bendición de Dios sea con Vos, Majestad! Me ha sucedido algo de lo que no puedo callarme hasta mañana!, respondió el hombre. "¡Cuenta!", dijo Harun ar-Rashid. Entonces dijo el hombre: "¡Majestad! Tengo en mi casa tres jawari: una mecana, una medinense y una iraquí. La medinense cogió mi miembro con la mano y en cuestión de segundos tuve una erección. La mecana intervino inmediatamente saltando y poniéndose encima. La medinense la increpó entonces, roja de ira: "¿Cómo te atreves a hacer tal cosa? ¿Has olvidado quizás que el profeta Mahoma -sean mil bendiciones de Alá sobre él- dijo: Aquel que despierte a la vida una tierra desierta, la poseerá?" La mecana le respondió: "¿Y has olvidado tú que el profeta Mahoma -sean mil bendiciones de Alá sobre él- dijo también: En la caza, la pieza cobrada pertenece a quien la cace, y no a quien la rastree?" A lo cual la iraquí, que hasta entonces había presenciado en silencio la escena, respondió a ambas cogiendo mi miembro, mientras decía: "¡Me pertenecerá a mí hasta que las dos os hayáis puesto de acuerdo!"

Al-Isfahanii, "Kitab al-aghanii" vol.16, p.374

viernes, 23 de noviembre de 2007

Una duda resuelta

A las preguntas de algunas muchachas de Medina, que querían saber si los gritos que lanzan muchas mujeres durante el acto sexual son genuinos o sólo fingidos para excitar a los hombres, respondió así Hubaba, una mujer aristócrata de Medina conocida por su apetito venéreo: "¡Jóvenes y atractivas damas! En compañía del califa Otmán, altamente bendito, hice la peregrinación a La Meca. En el camino de regreso, exactamente al pasar por la aldea de Araj, mi marido me miró y yo le miré también a él. En ese instante los dos experimentamos el deseo. Durante el acto sexual yo pegué tales gritos que quinientos camellos se asustaron y emprendieron la fuga. Hasta el día de hoy nadie los ha vuelto a ver".

[Erdmute Heller y Hassouna Mosbahi, "Tras los velos del Islam" págs. 195 y 196. Barcelona, Herder. 1995.]

martes, 9 de octubre de 2007

El rebelde de Lorca

- “Dice Ibn Mas´ud en al-Aniq: el año 312 (9 abril 924-28 marzo 925) partió en aceifa el califa an-Nasir de su capital cordobesa, en dirección a Pamplona, país de los enemigos de Dios, los infieles vascones, a quien Dios destruya; de camino, atacó a ´Abdarrahman b. Waddah, rebelde de Lorca, cora de Tudmir, hostigándolo hasta que se sometió y pidió el amán para rendirse, como en efecto hizo cuando se le concedió, siendo enviado a Córdoba con su familia y propiedades, y entrando en ella en un día célebre, pues la gente se aglomeró para verlo. Era un hombre muy corpulento y tan barbudo que se hizo famoso por ello y fue muy comentado el tamaño de su barba, del mismo modo que extrañó un perrazo que trajo por delante de todos sus arreos, sujeto con una cadena y mimado, del que se dijo que era un animal de presa con que ejecutaba a la gente.

Un poeta satírico de Córdoba dijo sobre él:


"A Córdoba ha venido Ibn Waddah,
con el perro por delante, mas el perro no importa;
vino arrastrando por el suelo la barba:
a veces se le veía, a veces lo ocultaba;
su producto diario bastaría,
sin mengua a setenta caras;
su carga de lana y pelo, tejida,
con su abundancia podría vestir a los pobres."

Y luego cosas cuya repetición sería vergonzosa.”, [En Ibn Hayyan de Córdoba. Crónica del califa ´Abdarrahman III an-Nasir entre los años 912 y 942 (al-Muqtabis V), traducción, notas e índices por Mª J. Viguera y F. Corriente, Zaragoza, 1981, p. 152]

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